María Vez
(Culiacán, 1994) Es pintora de oficio. Estudió artes plásticas en la Universidad de las Américas Puebla, UDLAP, del 2015 al 2020. Actualmente vive y trabaja entre Ciudad de México y Culiacán. Como artista feminista, tiene varias líneas de trabajo que convergen en el autorretrato como medio para expresar ideas en torno a los roles de género, la imagen corporal, la fantasía, el entorno doméstico, el paisaje y el papel de la mujer en la historia del arte. Ha sido gestora, escritora, locutora de radio y maestra de pintura. Desde el inicio de su carrera en 2017 ha participado en diversas exposiciones tanto colectivas como individuales entre Sinaloa, Puebla, Ciudad de México, Roma, Ámsterdam y Londres.
Fotos por Ruben Tamayo
Statement
Ahora soy pintora. No siempre lo fui, pero me convertí. Pintora es algo en lo que una se transforma, como una criatura mitológica que muda de forma bajo la luna llena. Pintar —cuando se pinta compulsivamente— se convierte en un modo de ver que, aunque suene redundante, no se puede des-ver. Pintar es mi oficio, la forma en que pienso y me ubico en el mundo.
Mi trabajo parte de una reflexión sobre el cuerpo como espacio simbólico y como territorio donde se cruzan el deseo, la fe, el poder, la fantasía y un cúmulo de significados que nos atraviesan. A través de la pintura construyo imágenes que exploran cómo las narraciones históricas y mitológicas han condicionado la representación de las mujeres y su agencia.
Recurro con frecuencia a figuras femeninas que, a lo largo del tiempo, se han presentado como advertencias o ejemplos destinados a regular nuestra conducta y deseos. Eva, Ana Bolena y María Magdalena aparecen en mi obra no como personajes devocionales, sino como cuerpos que encarnan contradicciones: la culpa y la agencia, la santidad impuesta y la transgresión.
Me interesa investigar cómo estas imágenes han funcionado como dispositivos de control simbólico, pero también cómo pueden resignificarse a través de la pintura. Para ello recurro a mi propio cuerpo como soporte y medida, convirtiendo esos símbolos en una experiencia personal que desborda lo individual.
Pintar mi figura —que no responde a un ideal hegemónico de belleza — es una manera de hablar de los mecanismos que jerarquizan los cuerpos y de la vergüenza que se impone sobre aquello que no encaja en un único modelo.
El acto mismo de pintar durante horas es, para mí, un modo de habitar esas tensiones. Una forma de relectura y restitución. Una manera de imaginar otros modos de estar en el cuerpo y en la historia del arte.
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